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Crítica de ABC, en 1972: «El Padrino», una obra maestra escrita para pagar deudas

Crítica de ABC, en 1972: «El Padrino», una obra maestra escrita para pagar deudas

«'El Padrino' es un retrato de la Mafia, la organización secreta siciliana cuyos orígenes se remontan al siglo XIII», afirma el crítico

Día 02/08/2016 - 11.47h

«El Padrino» forma ya parte del cine imprescindible, de ese grupo de películas que no envejecen y que siempre están vigentes. Desde su estreno, el filme del Coppola se ha definido como inmortal. Sin embargo, pocos saben que tanto Mario Puzo, escritor de la novela en la que se basa el filme, como Francis Ford Coppola sacaron adelante el proyecto por una apremiante necesidad económica.

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La película se convirtió en un éxito inmediato en Estados Unidos, donde se convirtió en la película más taquillera hasta el momento con 120 millones de dólares recaudados, superando así a «Lo que el viento se llevó». Así nos lo cuenta Antonio Colón, crítico de ABC, en 1972.

La crítica de «El Padrino» en ABC en 1972

«Para ver 'El Padrino' en Nueva York, en abril último ?escribía la periodista italiana Valentina Navarro?, guardé cola durante cuatro horas; tuve tiempo de ver nacer tres amistades e iniciarse un idilio entre la gente que formaba la fila». Se dice ya que «El Padrino» será el film que proporcionará más dinero en toda la historia del cine; por ahora, 120 millones de dólares. Es decir, en un año ha batido ya los records de taquilla de «Lo que el viento se llevó» ¿Por qué este éxito, que trasciende lo cinematográfico y se convierte incluso en un fenómeno sociológico?

«El Padrino» ha sido extraído de la novela de Mario Puzo, «The Godfather», número uno en los «best sellers» del «New York Times» durante sesenta y siete semanas; número uno también durante veintidós semanas en Inglaterra,, en Alemania, Grancia y otros países, traducida a veinte lenguas, más de once millones ejemplares vendidos después de la versión filmada. Es la tercera obra de Mario Puzo, un novelista italo-americano en torno a la cincuentena, que antes había escrito «The Dark Arena» (1955) y «The Fortunante Pilgrim» (1965), con gran éxito de crítica, pero no así de dinero. El mismo Mario Puzo confiesa que «El Padrino» es la más inferior de sus tres obras, y que la escribió sencillamente porque estaba cargado de deudas y quería ganar dinero. Atendió los requerimientos de los editores de hacer una obra «que se vendiese». «Tenía cuarenta y cinco años -confiesa Puzo- y estaba cansado de hacer el artista. Debía más de 20.000 dólares, y era hora de dar prueba de razón y ganar dinero». Dio en plena diana; el éxito de «El Padrino» -novela y película- fue fulgurante.

«El Padrino» -esto puede explicar en parte su éxito- es un retrato de la Mafia, la organización secreta siciliana cuyos orígenes se remontan al siglo XIII, y cuya rama americana -«Cosa Nostra»- se ha hecho escandalosamente célebre. Nacia como un rudimentario aparato de autodefensa de intereses locales, y, en América, de los italo-americanos, con el tiempo se convirtió en la poderosa y remida organización que controla toda clase de actividades delictivas. Mario Puzo no «vivió» los ambientes de la Mafia -de la que ya había tratado en parte en «The Fortmate Pilgrim»-, pero se documentó a fondo y logró un retrato vivo y humano, sobre todo intimista, de la «Onorata Società». La película de Francis Ford Coppola, superior a la novela, ha supuesto después una labor de creación personal y un fresco, lleno de vivacidad y dramatismo, lo que se explica por el talento y la sensibilidad del joven realizador americano, que ya destacó en «Llueve sobre mi corazón» y «Ya eres un gran chico», y que aquí demuestra cómo se puede hacer, con calidades, una superproducción destinada a todos los mercados.

El espectador asiste, prendido totalmente en el largo relato cinematográfico, a la terrible guerra entre las «familias» mafiosas en Nueva York, a través de las vicisitudes de la más poderosa de ellas, la que encabeza el veterano don Viton Corleone. Para el film hubo un acuerdo entre los productores y la Mafia. En la película no se menciona a ella ni a la «Cosa Nostra», pero la fabulosa organización está allí presente. Sin su autorización no habría podido penetrarse en ciertos ambientes, ni filmar ciertas escenas. Al Pacino -el joven protagonista- cuenta cómo durante el rodaje unos tipos extraños estuvieron siempre en los estudios, siguiendo de cerca las escenas. Algunos «extras» -se ha escrito asimismo en la Prensa americana- fueron impuestos también por la Mafia.

Ford Coopola ha tenido el acierto de mezclar escenas de violento realismo, subrayando los contrastes, con las de la intimidad casera de los Corleone, la familia con la que se entra en contacto desde las primeras escenas durante la fiesta del casamiento de la hija Connie. Allí está don Vito, el padre, el «padrino» de todo el clan, el hombre todopoderoso, el patriarca, que administra justicia como un señor feudal, que maneja todos los hilos y tiene en su mano a políticos, a policías, a periodistas, a magistrados. Y Sonny, el hijo violento; Alfred, el tarado; Michael, el menor, al que su padre quería «para algo importante», senador o gobernador, y al que la cadena de «arreglos de cuentas» llevarán, contrariamente, a heredar el «reino» de su padre. Y todos los componentes de la «familia», los cómplices, los amigos, los personajes obligados por inconfesables favores. Los episodios se suceden en cadena, como descargas eléctricas, magníficamente montados. La lucha por el control de la prostitución, el juego, las apuestas, los Sindicatos y, finalmente, las drogas. Don Corleone, «capo» de la vieja escuela, «hombre de honor» con un código moral propio, se opone al tráfico de estupefacientes, pero será barrido por la nueva generación gangsteril. Esa lucha se irá resolviendo en una sucesión de crímenes, de trampas, de pactos, cogidos en toda su violencia, con un extraordinario verismo por Coppola -a veces parecería un documental, un reportaje- que no deja de incluir notas amables, incluso poéticas propias de su cine.

Un aire de naturalidad -dentro de todo ese cuadro de sangre, de pasiones- caracteriza la película de Coppola, que ha reconstruido con fidelidad a personajes, ambientes, a la época -los años cuarenta- y que alcanza como en las escenas de Sicilia, un gran verismo, casi de neorrealismo italiano. A esta fidelidad ha contribuido también la banda sonora de Nino Rota, el compositor favorito de Fellini, que acentúa todo ese «sabor natural» del que no está ausente cierta melancolía.

Todo el reparto hace una buena labor, pero hay que destacar a los dos protagonistas masculinos, Marlon Brando, en el papel de don Corleone, y Al Pacino, en el de su hijo menor Michael. No querían los productores a Brando; alegaban, entre otras cosas, que su cotización era baja. Lo impusieron Puzo y Coppola, y el resultado fue una interpretación magistral. Brando ha renacido de sus cenizas artísticas entroncando en su labor con el actor que salió, hace ya años, del célebre «Actor's Studio», de Kazan. Su don Corleone queda incorporado a su larga biofilmografía como un personaje antológico. Al Pacino, el joven actor italoamericano, se ha consagrado en «El Padrino», como en «El Graduado» se consagró Dustin Hoffman, a quien se le parece también físicamente. Al-Michael es el joven vocado a otras actividades, pero al que una especie de factum lleva a la jefatura de la «familia». Tienen un gran patetismo las escenas finales, en las que, convertido ya en «don», recibe el vasallaje de los fieles de su padre. Él será también el jefe indiscutido que gobierna en absoluto sobre sus patrocinados. «Al Pacino -ha escrito Puzo- es la estrella del film. En el papel de Michael es todo lo que yo deseaba que el personaje fuese en la pantalla. No lo podía creer. A mis ojos ha hecho una obra maestra en su género».

Tanto Puzo como Coppola confesaron que hicieron «El Padrino» para ganar dinero y poder hacer precisamente aquellas obras que deseaban. Pero el éxito del film los ha sobrepasado. Además de «best seller», de película marquista de taquillas, de figurar incluso en cabeza en los «hits-parades», «El Padrino» se ha convertido -signo de nuestros tiempos- en una fabulosa mina. Puzo y Coppola han cambiado de planes; piensan ya en una especie de «Padrino» número dos. Incluso Coppola ha proyectado un prólogo. Brando aparecería como el Vito Corleone en su juventud, y Al Pacino, en el «don» ya maduro.

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