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Así fue la crítica de ABC en 1975 de «Tiburón», el gran blockbuster veraniego
Cartel de «Tiburón»

Así fue la crítica de ABC en 1975 de «Tiburón», el gran blockbuster veraniego

Steven Spielberg demostró con ella que estaba llamado a ser uno de los grandes directores de Hollywood

Día 09/08/2016 - 13.40h

«Tiburón» es uno de los primeros blockbusters veraniegos de la historia del cine. Con ella, Steven Spielberg demostró que era un director de los grandes, con un sentido narrativo escepcional, y que a sus 27 años ya podía organizar una gran producción.

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La película cuenta la historia de un enorme tiburón que ataca a varias personas en la costa de un pequeño pueblo del Este de Estados Unidos. Temiendo las fatales consecuencias que esto puede provocar en el negocio turístico, el alcalde se niega a cerrar las playas y a difundir la noticia. Pero un nuevo ataque del tiburón, en la propia playa, termina con la vida de varias personas. El terror se ha hecho público, así que un veterano cazador de tiburones, un científico y el jefe de la policía local se unen para dar caza al temible escualo.

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En la historia de los «best-sellers» pocos casos hay donde el mecanismo del éxito sea tan evidente como en «Tiburón». Juega el autor con varios factores: el miedo ancestral del hombre hacia estos fenómenos monstruosos de la naturaleza que le acechan, que le recuerdan que su orgullosa civilización no es más que una creación artifical construida precisamente para defenderse de estos ataques. El hombre domina las costas, las playas; las bordea de autopistas, de hoteles, llena las arenas de sombrillas, de casetas..., pero nadie sabe qué acecha debajo del agua, qué puede mirar, avanzar o atacar por debajo de sus brillantes y efímeras seguridades. El tiburón que acecha en la playa, que se lanza sobre mi bañista y lo devora es ?como lo fue «King-Kong»? el símbolo de lo oscuro, de lo irracional, de la naturaleza salvaje; de todo aquello, en fin, que, como decía Jack London, el hombre tiene archivado en su memoria desde hace millones de años como terrores esenciales. Esta base de terror es la gran plataforma sobre la que Benchley monta su tinglado. Los otros factores que maneja son una historia erótica y apuntes cómico-sociales.

En la adaptación cinematográfica (del propio Benchley y de Carl Gottlieb) se han suprimido los episodios erótico-amorosos, se han ampliado los cómicos y se ha dado una absoluta primacía al terror, creando incluso escenas que no existían en la novela. El terror ancestral al tiburón gigante, el miedo a esa criatura estúpida y mortífera de ojos inexpresivos, que mata por instinto, como una máquina programada, es el eje y fundamento de toda la película. El joven e inteligente realizador, Steven Spielberg (veintisiete años, autor de «The Sugarland Express») ha utilizado a la perfección recursos clásicos (el público sabe lo que le va a pasar a personajes, que lo ignoran y están en peligro) y efectistas (bruscas apariciones del tiburón cuando el público está confiado tras escenas de «despiste») y ha buscado, ante todo, la garra, la escena-choque. A veces la calidad cinematográfica se resiente (en su afán por sorprender y sobresaltar, engaña y distrae para luego, presentar de golpe una carta que se guardaba) de estos sistemas poco «ortodoxos», pero el impacto es aún mayor. Su escritura cinematográfica es simple y directa. El retrato de los personajes esquemáticos, para que sea más fácil la identificación con cada uno de ellos: el temeroso y concienzudo «sheriff», el extravagante y brutal percador de tiburones y el divertido oceanógrafo. Todo está hecho para dar facilidades al público, para halagarlo, asustarle y divertirlo. Se explica, pues, el extraordinario impacto comercial de la película. Los toques de humor, a cargo casi siempre del oceanógrafo, descargan la tensión y refuerzan la comercialidad.

La realización técnica es soberbia. Trucajes casi perfectos, grandes medios, todo está puesto en función de la espectacularidad y veracidad de la película.

La interpretación cuenta con tres importantes nombres: Robert Shaw, gran actor inglés de teatro y cine; Richard Dreyfuss, que vimos «American Graffitti», y Roy Scheider, lanzado en «French connection», son tres excelentes actores, sólidos y profesionales, que se encargan de sus personajes con absoluta eficacia.

La música, factor esencial en este tipo de películas, es de John Williams, guitarrista y compositor, especializado en films-catástrofes («La aventura del Poseidón», «El coloso en llamas», «Terremoto»), que realiza aquí uno de sus mejores trabajos. El tema del tiburón, que subraya o anuncia cada aparición del animal, com violonchelos que repiten obsesivamente una misma frase musical, es de una gran eficacia terrorífica.

Aquí en Sevilla, como en todo el mundo, «Tiburón» será un gran impacto de público. Tiene todos los elementos para ello. Lo que no creemos es que tenga las repercusiones sociológicas (psicosis colectivas que dejaron este verano muchas playas norteamericanas vacías, histerismos durante la proyección) que tanto se suelen dar en los Estados Unidos: manifestaciones extracinematográficas, que en «Tiburón» han tenido una extraordinaria expresión; la «tiburón-manía» de que hablábamos en estás mismas páginas, camisetas con dibujos del escualo, baratijas y collares hechos de dientes de tiburones; además, restaurantes especializados en sopas de aletas del pescado. Todo un fenómeno de masas.

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