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Sesenta años de la muerte del «vampiro» Bela Lugosi

Sesenta años de la muerte del «vampiro» Bela Lugosi

El actor se creía Drácula al final de su vida, pero fue un adelantado. Ya se creía Drácula mientras rodaba la película de Tod Browning de 1931

Día 16/08/2016 - 11.15h

A veces leo que Bela Lugosi se creía Drácula al final de su vida. Bela Lugosi fue un adelantado. Ya se creía Drácula mientras rodaba la película de Tod Browning, que es de 1931. En plena Depresión, «los ricos aún podían irse a las islas de los Mares del Sur, los intelectuales se marchaban a México, y los pobres iban al cine» (Gilbert Seldes). Los peores años del siglo para los estadounidenses fueron los mejores para los monstruos cinematográficos. Bela Lugosi se ponía delante del espejo, movía la capa como Lola Flores la bata de cola y decía: «Yo soy Drácula». David Manners lo recordaba como un presumido inaguantable. El 16 de agosto hará sesenta años que murió el casi actor. Nació en el Imperio austrohúngaro en una ciudad que ahora pertenece a Rumanía (Lugoj, el lugar del que tomó el apellido y donde detuvieron a Sergio Morate, el asesino de Laura del Hoyo y Marina Okarynska).

A estas alturas del verano estoy harta de Frankenstein. Los dos mitos nacieron la misma noche de 1916. Cuando se propuso el cuento de fantasmas, Byron compuso la historia que Polidori desarrolló como novela en «El vampiro» (1819). El «Drácula» (1897) de Bram Stoker también trataba de cadáveres reanimados. Stoker escribía birrias así que la duda es cómo pudo hacer algo tan bueno. Lovecraft sostenía que el manuscrito original era un desastre. Parece que lo mejoró el escritor Hall Caine, amigo de Stoker al que dedicó el libro. Del teatro, donde Bela Lugosi había hecho de Drácula, llegó al cine. Tiene mérito porque ni hablaba inglés. Pese a ello se ligó a Clara Bow, que arrastró un día a todos sus amigos a ver la representación (ella iba con el abrigo y nada debajo). Varios matrimonios después, un retrato de Clara Bow desnuda, que Lugosi había encargado, seguía en su casa.

Nicholas Webster, hijo de la script de la película y que hacía los deberes sobre los ataúdes de la cripta de Drácula, con permiso de Browning, iba a casa de Lugosi a memorizar los diálogos (su madre se lo llevaba de carabina). «Aquel hombre estaba de algún modo perturbado, como si de verdad creyera que era Drácula», decía Webster.

Manners también recordaba, lo leo en ese estupendo libro de David J. Skal que es «Monster Show: una historia cultural del horror», que el rodaje fue un caos. Que Tod Browning no hizo mucho, que Karl Freund, el director de fotografía, fue quien dirigió la mayor parte de la película. Freund, para hacer más legendario y chiflado el rodaje, sólo hablaba alemán y tenía un intérprete que llevaba guantes blancos. La película parece un sueño porque allí no se entendía ni Dios. La versión en castellano, que se rodaba una vez terminaban los señoritos, no fue menos interesante. La producía Paul Kohner con cuatro duros. Su director tampoco hablaba inglés. Lupita Tovar, la protagonista femenina y con quien Kohner acabó casándose, sugirió en 1991 que Murnau, amigo de Kohner y que entonces estaba trabajando en Hollywood, tuvo mucho que ver con el «Drácula» español. Y es verdad que tiene referencias a «Nosferatu». Kohner y Tovar son los padres de la que se hacía la blanca en «Imitación a la vida».

A Universal no le gustó la versión de Browning y metió mano a «Drácula» (una obra de perfecto terror para Ray Bradbury). Entre los añadidos, muchos primeros planos de la mirada de Lugosi. Dice Javier Pérez Andújar en su «Diccionario enciclopédico de la vieja escuela» que lo que mejor salía a Christopher Lee era quedarse tumbado y abrir los ojos de repente. A Lugosi también le salía muy bien mirar. No todos los actores malos meten tanto miedo.

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