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Toda la vida delante y detrás de una cámara

«Redford observa su vida y se muestra satisfecho. Siempre fue fiel a sí mismo y a la postre ha conseguido ser lo que siempre quiso ser: un artista que nunca ha renunciado a sus principios»

Día 18/08/2016 - 11.35h

Robert Redford cumple 80 años, la mayoría de ellos dedicados al compromiso y a la lucha, unas internas y otras externas. En las primeras, un combate singular contra sí mismo, contra su físico y buscando con ansia demostrar que no solo era una cara bonita. En las segundas un continuo batallar en pro de la justicia social, de los derechos humanos y en defensa de los más desfavorecidos. A Redford todo le costó. Su familia era pobre, pero pobre de verdad. Su padre, de origen irlandés y escocés (unas raíces a las que el actor achaca su pesimismo vital) era un lechero que ganaba 35 dólares semanales y el chaval se crío en un suburbio mexicano de Santa Ana. Más tarde, la familia se trasladó al barrio de San Fernando buscando una mejora económica que nunca llegaría.

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Lo que marcó su vida fue la muerte de su madre cuando él tenía 18 años y vivía una época de borracheras continuas. Aunque el sueño de sus padres era que su hijo fuera médico o abogado para escapar de la penuria que ellos tenían, Robert siempre tuvo aspiraciones artísticas (quería ser pintor), eso y una obsesión por Europa, obsesión que aún tiene hoy. Uno de sus profesores le dijo finalmente que dejara de hablar y actuara, así que se fue a París buscando un abrigo que nunca encontró («los norteamericanos no les caemos bien a los franceses»). Pasó por Roma (donde se besó con Ava Gardner), Viena (ayudando a los rebeldes húngaros contra los soviéticos) y Mallorca (donde aprendió a pescar) y luego volvió a Estados Unidos donde trabajó de obrero hasta que conoció a Sidney Pollack, que le rescató para el cine.

En realidad, Redford se lo debe todo a Pollack, aunque él suele decir que con quien tiene una deuda eterna es con George Roy Hill y con Paul Newman (su amigo de toda la vida al tiempo que su rival físico, si bien Redford nunca llegó a los niveles de adoración que las mujeres tuvieron por Newman). Dicha deuda fue por «Dos hombres y un destino», que le lanzó a la fama. A partir de ahí todo es historia: cuatro nominaciones al Oscar, una estatuilla al mejor director («Gente corriente»), un Oscar honorario, seis Globos de Oro y otras tres nominaciones, un Premio Bafta, hasta convertirse en el fundador del Festival de Sundance, el festival más importante del mundo de cine «indie».

Sin miedo a la vejez

Gran amante del deporte, fanático de las motos, del deporte ecuestre, de la escalada y del esquí, no le da miedo envejecer, pero sí perder la forma física. Abuelo con cuatro nietos, sigue comprometido en la lucha por hacer buen cine. Se metió en esto por el teatro, porque dijo que no estaba preparado para la gran pantalla, pero se topó de lleno con su espléndido físico que le arrastró hacia caminos insospechados. Con sus 80 años no para de trabajar, ahora estrena «Peter y el dragón» y sigue cultivando su pasión por Europa porque según dice: «Ustedes tienen sensibilidad y diversidad, dos virtudes que han desaparecido casi por completo en Norteamérica». Es un icono y ha logrado escapar de su físico, como lo hizo su amigo Paul ya al final de su carrera, demostrando ambos que eran mucho más que un rostro bonito. De hecho, los mayores logros de Redford en los últimos años han sido más por su labor tras la cámara como director que delante de ella y, a veces, en ambas facetas. Ahora, con el rostro ajado y marcado por las arrugas, Redford observa su vida y se muestra satisfecho. Siempre fue fiel a sí mismo y a la postre ha conseguido ser lo que siempre quiso ser: un artista que nunca ha renunciado a sus principios.

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