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La fortaleza de los gorriones

La fortaleza de los gorriones

«Sparrows», la película islandesa que conquistó el Festival de Cine de San Sebastián en 2015, llega a nuestro cines

Día 17/09/2016 - 16.58h

El héroe de esta cinta es un chico sensible que canta en un coro en su ciudad, Reikiavik, y que tiene que mudarse donde su padre, un pequeño pueblo islandés de marineros en el que las drogas y el alcohol sirven de bálsamo para hacer sobrellevable la tediosa y deprimente existencia de muchos de sus adultos. El chaval de «Sparrows», la película que se estrena este viernes, no se ubica allí, hace mucho tiempo que salió de ese lugar; volver es un retroceso si no un infierno bajo cero. Y es que más que masajear el intelecto, el cineasta Rúnar Rúnarsson nos confiesa que intentó llegar al corazón con este poético filme iniciático que el año pasado, por cierto, ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.

«Sparrows» significa gorriones, unos pajaritos que cantan bien, son pequeños y frágiles. Además, según descubrió después su director, el gorrión «es una metáfora potente en todas las religiones, representa la fragilidad, la inocencia y la transición». Hablamos por tanto de un título niquelado. «Amo a todos los personajes, todos son frágiles. A primera vista, los que parecen los más fuertes son los más frágiles. Y el que parece el más frágil al principio resulta ser al final el más fuerte», cuenta Rúnarsson sobre su segundo largometraje, mientras da caladas a un cigarrillo de liar en la terraza de la librería «Ocho y medio».

El apabullante y helado paisaje islandés, bajo la cálida textura que aportan las cámaras Super 16 utilizadas, envuelve esta pequeña historia épica en que los adolescentes no tienen por qué ser por obligación unos descerebrados. «Suceden muchas cosas en este periodo de transición. Cosas bonitas, horribles, mundanas, cotidianas... Tratamos de lograr un honesto reflejo de la transición de este niño. Los hechos no tienen por qué ser intrigantes, pero la poesía puede ampliar nuestros horizontes y experiencias, hacer un viaje emocional bonito y con colorido», dice el director islandés, cuya máxima devoción se encuentra en Andreas Dresen («Un gran humanista, su amor y respeto a sus personajes es excepcional»). También le interesan los dramas interiores de Bergman y, estéticamente, se queda con este par de esquís: Tarkovsky y Kieslowski.

Otro de los focos centrales de la cinta es la relación entre padre-hijo. «Es interesante trazar cómo ha evolucionado el papel del padre moderno, las exigencias a las que debe hacer frente. Tienen que ser más abiertos con sus emociones, hablar de las cosas. Generalmente, en la sociedad occidental no hemos llegado a eso», apunta.

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