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Festival de San Sebastián: Arranca el partido con un claro 4-3-3 del equipo local
Ethan Hawke, a su llegada este viernes al hotel que aloja a los invitados de la 64 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, donde mañana recogerá el premio Donostia

Festival de San Sebastián: Arranca el partido con un claro 4-3-3 del equipo local

El festival se abre con la película francesa «La doctora de Brest», un varapalo a la industria farmacéutica

Día 17/09/2016 - 01.29h

También el cine ha comenzado su campaña electoral aquí en San Sebastián, y que cada cual cuente su película para ganarse a la «gente», al ciudadano, al público, o como queramos llamar al que deposita, sea el voto en la urna, sea el pandero en la butaca del cine. Jornada inaugural, la mejor, la más lucida y lúcida, con la alfombra roja y el cerebro aún sin pisotear, y con ese regusto de felicidad futura que tienen las promesas, aunque sean electorales. José Luis Rebordinos, el director del Festival, ha planteado un claro 4-3-3 para encarar de salida el partido de esta edición:

Cuatro películas para empezar a hablar (de ellas), la que inaugura la sección oficial, la francesa «La doctora de Brest», de Emmanuelle Bercot; la que inaugura Zabaltegui, «Viaje a través del cine francés», de Bertrand Tavernier; el documental de Diego Galán «Manda huevos», una especie de «selfie» del cine español a sus personajes masculinos, tan rico en tipos y prototipos como la competición de Fórmula 1, y como regalo, también la primera perla, «Toni Erdmann», el filme de la alemana Maren Ade que no sólo triunfó a lo bestia en el pasado Festival de Cannes, sino que también puso (y pondrá) en evidencia la empanada del jurado que lo ignoró por completo.

Tres conductoras para el autobús de la gala inaugural, Emma Suárez, Cayetana Guillén Cuervo, Mireia Gabilondo, que tenía como objetivo primordial ser «ágil y luminosa», cuando la mayor cualidad de cualquier ceremonia, como todo el mundo sabe, se resume en una sola palabra: corta.

Tres personajes femeninos en la zona vip de ese autobús: la directora Maren Ade, que recibió el gran premio Fipresci que acredita a su película, «Toni Erdmann», como la mejor de este año, según la crítica internacional, que uno nunca sabe si dice mucho o poco con eso. La doctora Irène Frachon, la mujer que con una tozudez digna de ciclista subiendo un puerto de primera destapó las malas prácticas de la sanidad y la industria farmacéutica en la distribución de un medicamento que causó más de quinientas muertes. Su lucha contra los poderosos laboratorios Servier son la argamasa argumental de «La doctora de Brest». Y la actriz danesa Sidse Babett Knudsen, muy conocida en el salón de cualquier casa por su personaje de la primera ministra de Dinamarca, Birgitte Nyborg, en la serie «Borgen», otra que también da cierto prestigio de entendido en la alta política si se la regalas en dvd a alguien. Sidse Babett Knudsen es la protagonista absoluta de «La doctora de Brest», a la cual llena hasta el puro rebose de una energía, una vivacidad, un catálogo de gestos, «tics» y aspavientos que acaban dando un poco ganas de tomarse una dosis, pequeña, del producto ese que combate.

La de Sidse Babett Knudsen en «La doctora de Brest» es una interpretación a lo ancho, superpanorámica, de esas que igual te proporcionan un Oscar que una tortícolis. El pulso dramático (no el judicial) se lo echa Sidse Babett Knudsen al curiosísimo actor francés Benoît Magimel, otrora afilado como una lezna y ahora hecho lo que se dice un trullo, que es un recipiente orondo para el vino, o sea, como siguiendo los pasos mastodónticos del gran Gérard Depardieu, con quien compite y comparte en la serie televisiva «Marsella». Y la película resulta muy eficaz en su contacto con el público, pues mantiene con él una relación muy clara en los conceptos de «buenos» y «malos», y todo el mundo practica en mayor o menor medida ese deporte de riesgo que es ir con una receta a una farmacia.

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