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Festival de San Sebastián: Las ramas del árbol de Bayona ayudan a ver el bosque

Festival de San Sebastián: Las ramas del árbol de Bayona ayudan a ver el bosque

«Un monstruo viene a verme» sublima la fantasía para reparar una realidad indeseable

Día 21/09/2016 - 21.11h

Los monstruos de los cuentos infantiles, tan terribles y dañinos, siempre son otra cosa a la que los adultos le suelen poner nombres distintos, como frustración, soledad, miedo, complejo, vacío existencial y otras peladillas que se pueden llevar al diván de un psicólogo. Un monstruo visita todas las noches al protagonista de la película de Juan Antonio Bayona, tal y como afirma en su título español («Un monstruo viene a verme»), y es una cita puntual, pasados siete minutos de la media noche, a la que acuden metafóricamente todos sus miedos y frustraciones de jovencito demasiado mayor para ser un niño y demasiado pequeño para ser un hombre.

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Bayona construye una película modélica en su mezcla de realidad indeseable y de fantasía reparadora, constructora de un argumentario que lo ayudará a traspasar ese barrizal de sentimientos hasta su ser adulto. Vida real indeseable, pues tiene a su madre desaguándose con un cáncer terminal, a su padre que vive en otro lugar y con otra familia, a su abuela fría y rigurosa como un cineasta rumano, y además ha de padecer el abuso en la escuela de unos compañeros ridículos y matones. La historia de su vida real es pasto de melodrama, y así lo trata Bayona en su película, con excesiva tecla musical y con sobrecarga de emociones y pañuelos al viento (busca la lágrima sin importarle el toqueteo sentimental). Pero esa constante caída en lo sensible está compensada por la contrahistoria, la fantasía, le llegada en tromba de ese monstruo gigantesco con forma de árbol, un mágico tejo que hay frente a su casa.

Con el monstruo llega la «animación» en los dos sentidos del término, pues se dibujan en la pantalla los relatos que le cuenta, que son como migajas de la complejidad moral y de conciencia que han de guiarlo por el camino hasta la puerta de la madurez. Es, pues, la película un potente conglomerado entre sensibilidad y magia, entre lo real y lo surreal, entre una relación de fragilidad absoluta y comprensible con el entorno real y su progresivo fortalecimiento con su entorno irreal, con sus fantasías. Es un elogio de lo ilusorio, pero también una invitación a afrontar los terrores, a contestar con la vocecita a ese vozarrón de Liam Neeson que sale entre el ramaje del árbol monstruoso. Técnicamente, Juan Antonio Bayona consigue ensamblar con enorme eficacia los dos mundos de la historia, que se solapen y equilibren, y anímicamente también, pues consigue trasladar «los miedos» a la claridad real y las terapias a la tenebrosa fantasía.

En competición, se proyectó la película chilena «Jesús», de Fernando Guzzoni, quien con cámara esponjosa absorbe la realidad escabrosa de un adolescente y de su grupo de amigos en un Santiago nocturno, atrabiliario, ruidoso e incívico. Es un retrato descarnado del desorden mental y semental durante esos años de furia (asunto éste de la terrible adolescencia que tratan prácticamente todas las películas del festival), y de las terribles consecuencias de esa falsa seguridad, de la irreflexión y del desprecio a sí mismo y a los demás con el que la naturaleza, la hormona o la neurona arma al ser humano antes de desarmarlo por completo. Una película dura, angustiosa, fea y con un final terriblemente didáctico y moral.

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