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Oleg Karavaichuk, el raro y genial pianista ruso que de niño plantó cara a Stalin

Oleg Karavaichuk, el raro y genial pianista ruso que de niño plantó cara a Stalin

Andrés Duque estrena «Oleg y las raras artes», un documental sobre uno de los músicos más controvertidos de la Rusia reciente

Día 10/10/2016 - 08.43h

Un anciano de aspecto extravagante habla ante la cámara con los ojos cerrados de tan concentrado. Quizá poco antes le habían dejado leer un libro de Gogol para inspirarle, para enfebrecerle. De cuando en cuando hace aspavientos, y las cosas que dice, en realidad, son muy valiosas, puesto que estamos observando cómo funciona la cabeza de una celebridad rusa del piano, otrora niño prodigio que salvó a su padre de un campo de trabajo estalinista gracias a su talento. Resulta ya importante cómo encadena ideas, que no estricamente las ideas, aunque algunos podrían pensar que está loco. Otros tantos que se trata de un genio... y figura. Hasta en la propia sepultura. De hecho, Oleg Karavaichuk no apareció por su propio funeral.

«Oleg y las raras artes» es un documental sobre Karavaichuk de Andrés Duque, un venezolano afincado en España al que se le conoce sobre todo por su retrato de Iván Zulueta en «Iván Z». Se estrenó el pasado viernes. «Era un proyecto descabellado porque es un ermitaño y no le gusta mucho la gente. Además era un periodo en el que no estaba muy sociable. Empecé a visitarle y poco a poco fui ganándome su confianza», cuenta Duque, que descubrió al pianista en un mercadillo hace muchos años al comprar la banda sonora de «Los largos adioses», una película de Kira Muratova.

¿Cómo era visto Karavaichuk en su país? «Como alguien muy controvertido. Nadie duda que fue uno de los grandes pianistas que ha habido. Como compositor hay diferencia, yo creo que era un maestro de la improvisación como si fuera un músico de jazz. Era alguien que sabía improvisar perfectamente dentro de la música, en su discurso y gestualidad. Eso le hacía un artista más complejo».

En un momento del documental, vemos al artista pasear por Komorovo, una urbanización de dachas ocupada en su momento por escritores, cineastas, compositores y en donde Karavaichuk vivió en su esplendor. Añoraba la magia del lugar antaño, que no el país de donde procedía. «Tenía la nostalgia de cualquier persona de 89 años. Incluso de alguien que solo ha vivido un periodo como el de Stalin. Estaba alabando ese pueblo que tanto quiso y que fue creado por Stalin, que a pesar de lo terrible de todo tuvo alguna buena idea».

Y es que su vinculación con el dictador soviético da para una elegía. A los siete años, Karavaichuk ganó un consurso de piano y el mismísimo líder comunista le entregó el primer premio, circunstancia que el atrevido Karavaichuk aprovechó para reclamarle al dictador la liberación de sus padres disidentes de un campo de trabajo forzado. Y lo logró. Luego, igualmente, su obra tuvo muchos problemas con la censura, tantos que acabaron volviéndole un misántropo que vivía en cierta reclusión.

«Me impactó mucho su imagen. Tiene un carácter muy hosco, al principio, y me sorprendió como a la gente le inspiraba mucho respeto. Y, sin embargo, con el paso del tiempo hubo ese grado de confianza e intimidad y la imagen se apagó. El último año que estuvimos juntos fue muy bonito», cuenta Duque, que recuerda lo que le dijo el pianista tras ver el documental proyectado en el festival de Navarra: «Muchas gracias, has hecho una película muy traviesa. Wagner estaría muy orgulloso».

En la presentación del mismo en Moscú, que estuvo llena de gente del mundo de la cultura, Karavaichuk los recibió a la salida tocando el piano. Interpretó «La marcha fúnebre». Estaba tocando alguien «que a diario pensaba que se iba a morir pronto». Ocurrió el 13 de junio de este año. Y «la lió» en el funeral: «Hubo un conflicto burocrático y su cuerpo no podía salir de la morgue, así que los organizadores decidieron celebrarlo sin él. Era un gran teatro del siglo XIX, con luz cenital en el escenario, sonaba música suya y había una fotografía enorme y el espacio para el ataúd, pero el ataúd no estaba».

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