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La verdadera historia de Louis Zamperini, el aviador invencible que pasó de atleta a luchar contra los nazis
Zamperini examina los agujeros hechos en su avión B-24D «Superman»

UNBROKEN La verdadera historia de Louis Zamperini, el aviador invencible que pasó de atleta a luchar contra los nazis

Saludado personalmente por Hitler en los Juegos Olímpicos de 1936, fue capturado por los japoneses en la guerra y pasó dos años en un campo de prisioneros

Día 29/12/2014 - 08.41h

Acción, emotividad y superación. La vida del estadounidense Louis Zamperini tiene todos los ingredientes para ser transformada en la perfecta película de la factoría Hollywood. No es para menos, pues este norteamericano pasó de ser un atleta profesional que compitió en los Juegos Olímpicos de 1936 a combatir ?dentro de las tripas de un bombardero aliado- en la Segunda Guerra Mundial. A su vez, tras una catástrofe aérea estuvo más de un mes perdido en alta mar hasta que logró llegar a tierra firme, donde fue capturado por los japoneses y enviado a un campo de concentración.

Por todo ello, no es raro que la enésima actriz metida a directora (Angelina Jolie) haya decidido trasladar la historia de este héroe estadounidense a la gran pantalla en «Unbroken» (bautizada «Invencible» en tierras españolas). Estrenado en los cines el pasado fin de semana, el largometraje cuenta con la participación de los hermanos Coen («Valor de ley») como guionistas y la de prometedores actores como Jack OConnell («This is england») y Domnhnall Gleeson («A dog Year»). Poco hay que decir de la mujer que, en su día, encarnó a Lara Croft en «Tomb Raider», salvo que esta es su segunda aventura en lo que a dirección se refiere (previamente «In the Land of Blood and Honey»). Ahora, la famosa ha querido contar las vivencias reales de este héroe olvidado, las cuales no tienen desperdicio.

Una infancia accidentada

Para narrar la vida de Louis Zamperini es necesario remontarse en el tiempo hasta el 26 de enero de 1917. Por aquel entonces, en Olean (Nueva York), vino al mundo este norteamericano de progenitores inmigrantes. «Mi padre nació al norte de Italia, en Verona. Llegó a Estados Unidos y conoció a mi madre, que era medio austríaca y medio italiana. Se casaron y ese fue el comienzo de nuestra familia», explicaba el propio atleta norteamericano en una serie de entrevistas recogidas por George A. Hodak. De este matrimonio nacerían además otros tres pequeños: un niño (el hermano mayor de nuestro protagonista) y dos niñas (menores a él).

Desde el comienzo, su existencia fue una aventura, pues con pocos meses de vida tuvo que hacer frente varias veces a una severa enfermedad. «Cuando tenía dos años de edad padecí de neumonía. Era algo habitual en mi familia. Así que los médicos les dijeron a mis padres que debíamos trasladarnos a California debido a que allí el clima es más cálido», afirmaba Zamperini en el susodicho encuentro con el periodista. Eso no fue lo peor que le sucedió pues, cuando estaban a punto de partir hacia su nuevo hogar, la casa en la que vivían se quemó y el pequeño Louis estuvo, según sus palabras, a punto de morir atrapado.

Sin embargo, el destino sabía que aún le quedaba mucha vida por recorrer y dejó que se marchara sin un rasguño hasta Long Beach, región en la que tuvo su primer y curioso encuentro con su futura afición. «Cuando tenía dos años y medio o tres un chico me desafió a la primera carrera de mi vida. Me dijo que corriéramos hasta una palmera lejana. Pero me empujó y la perdí», completa Zamperini. Aunque en ese momento no lo sabía, este sería el principio de un largo camino que culminaría en la participación como atleta olímpico en Berlín.

De gamberro a atleta profesional

El paso de los años no sentó demasiado bien a Zamperini quien, como señaló en varias ocasiones durante su vida, en la adolescencia se terminó transformando en un delincuente de poca monta al que las autoridades conocían a la perfección por sus contínuos robos. Por ello, y en un intento de volver a encarrilar su vida, su familia decidió darle un empujoncito en la buena dirección mostrándole las bondades del deporte.

«Un día, mi hermano se cansó de que la policía llegara a nuestra casa para hablar de mí y sintió que el atletismo podría ser la respuesta a todo aquel problema. En la escuela estuvieron de acuerdo, así que me sacaron a la pista de 660 yardas y me hicieron correr. No he sufrido tanto en mi vida como en aquel momento, sentí dolores, agotamiento y severos calambres. Sólo podía pensar que aquello era absolutamente horrible», añade el protagonista.

Pero poco a poco, correr en la pista de atletismo se fue convirtiendo en su pasión. Todo un disgusto para su padre, quien siempre había soñado con que sus dos hijos practicaran el béisbol (el deporte predilecto de su madre). De hecho, apenas una semana después de haber pasado ese «rato horrible», volvió a salir a la pista. Al final, a base de entrenamiento consiguió ir mejorando poco a poco. No se le debía dar mal pues, como señala el propio Zamperini, decenas de sus compañeros acudieron a animarle en las carreras amateurs en las que se empezó a inscribir.

«El mayor reto de mi vida fue llevar a cabo la transición de adolescente errante e indisciplinado a atleta dedicado. Pero una noche decidí que tenía que elegir entre dejar la pista y continuar con mi vida delictiva, o decidir que el reconcomiendo de la gente valía la pena. Y cuando has probado el reconocimiento, la verdad es que es bastante dulce, así que me hice a la idea de que iba a ser un corredor y empecé a entrenas de forma casi fanática. Así hasta que gané mi primera carrera, luego vino otra y otra?», completa el deportista en la entrevista.

Los años hicieron que Zamperini mejorara de manera increíble, llegando al punto en el que obtenía las victorias (al menos a nivel local) con un cuarto de milla de distancia de diferencia con sus competidores (unos 402 metros). Posteriormente, con 17 años ganó el campeonato de California de 5.000 metros y, tan solo dos veranos después, logró cumplir su sueño y clasificarse para los Juegos Olímpicos que se iban a llevar a cabo en Berlín durante 1936 (los cuales serían presididos por el ?entonces- poco conocido Adolf Hitler). Esto fue todo un logro para nuestro protagonista, quien había calculado que, si entrenaba hasta la extenuación, quizás conseguiría participar en los de 1940.

Zamperini, encantado con Alemania

En pleno verano, Zamperini se subió a un buque para llegar hasta Europa, donde correría por la pista en nombre de su país. Al parecer, durante el trayecto subió varios kilos de peso por comer compulsivamente la comida del navío (la cual era gratis). Este sería el factor que, según sus entrenadores, provocó que posteriormente no realizara una mejor actuación, aunque otras fuentes afirman que el corredor bajó de peso en las pruebas físicas previas a la gran final.

Fuera como fuese, lo único cierto es que, una vez en Berlín, quedó encantado con las bondades de Alemania. «Recibimos un trato excelente por parte de los funcionarios alemanes, el pueblo alemán y la villa olímpica. Nunca habrán oído hablar de unas olimpiadas en las que se trató mejor a los atletas que en las de Berlín en 1936. Los alemanes tenían de todo? aunque no había bañera. Pensé que todas habrían sido sacadas de Alemania porque Hitler las consideraba antihigiénicas. Probablemente es el país más limpio que he visto en mi vida. Fue increíble, nos trataron como a reyes», añade Zamperini.

Con todo, ya por entonces le llamó bastante la atención que todo el mundo tuviera que saludar diciendo «Heil Hitler» al pasar junto a los soldados. En su caso, solía tomárselo a guasa y bromear con ello cuando estaba cerca de los militares alemanes, algo que nunca le recriminaron.

En lo que hace referencia a las pruebas, Zamperini logró pasar a la final de la carrera de 5.000 metros, donde tuvo que competir junto a los mejores atletas del mundo. «Cuando llevábamos algunas vueltas, el grupo se dividió en tres de acuerdo con el ritmo. Había hasta dos o tres finlandeses al frente. Había siete chicos en el grupo de cabeza, cinco en el mío y otros cuatro o cinco al final. Acabé en octavo lugar», explica el militar. A pesar de ello, el norteamericano hizo una proeza sin igual al terminar la última vuelta en apenas 56 segundos, todo un récord.

El «conocido» de Hitler

Sin embargo, tras terminar la carrera todavía le esperaba una última sorpresa a Zamperini: «Después de acarbar la carrera y ducharme, salí con el resto delos atletas estadounidenses y nos dimos cuenta de que estábamos al lado del palco de Adolf Hitler. Como entre él y nosotros estaban Goering y Goebbels, le di mi cámara al último y le pedí que hiciera una foto a Hitler de mi parte».

Cuando el ministro de propaganda del Reich bajó para devolverle el aparato, le dijo que Hitler quería verle, pues le había sorprendido la gran velocidad a la que había terminado la última vuelta. «Fui a su encuentro, le di la mano, y eso fue todo. Así conocí a Hitler. Posteriormente me encontré con él en una base militar cuando me presentaban como corredor más joven del equipo. Esa es toda mi asociación con Hitler», completa Zamperini. Según afirma la biografía de Laura Hillenbrand, lo único que le dijo el Führer mientras le estrechaba la mano fue «Ah, tú eres el chico que corre tan rápido».

Una guerra que acabó derribándole

Tal y como reza en su biografía oficial, Zamperini compitió posteriormente ?de manos de la Universidad del Sur de California- en decenas de carreras. De hecho (y tal y como se especifica en el mismo texto) muchos afirmaron posteriormente que, si hubiera seguido entrenando, podría haber corrido una milla en menos de cuatro minutos (una marca increíble para la época). Sin embargo, con lo que no contaban estas fuentes es con que este atleta iba a sentir la llamada del Tío Sam tras el ataque a Pearl Harbor. Así pues, y casi de la noche al día, decidió dejar su carrera como deportista para enrolarse en la Fuerza Aérea Estadounidense.

Al poco tiempo fue enviado a Hawai, donde recibió adiestramiento como artillero en la unidad del Pacífico Sur de bombarderos B-24 (un destacado aeroplano de la Segunda Guerra Mundial que era tripulado por 11 personas y podía llevar una carga de explosivos de hasta 3.700 kilos). «Me gradué en 1942. Recibí una extensa formación en lo que respecta a lanzar bombas y disparar ametralladoras. Gracias a él, en las misiones podíamos disparar bombas a más de 10.000 pies con un margen de error de apenas 50 pies, lo cual es muy bueno», explica el propio Zamperini en la entrevista concedida al periodista.

Su primera misión llegó en la nochebuena de 1942. En la mayoría de los encargos, el bombardero del que formaba parte solía recibir la orden de recorrer una ingente cantidad de kilómetro, lanzar explosivos sobre una zona tomada por los japoneses, y regresar a la base. Puede parecer sencillo, pero el miedo a los cazas nipones y a que aquel inmenso leviatán de metal en el que viajaba fallara y cayera a tierra sin previo aviso hacía los trayectos insufribles. Tampoco ayudaba el que, como bien comenta el propio Zamperini, en ocasione son supieran si contaban con suficiente combustible para realizar sus largos trayectos.

El peligro al que estaban sometidos quedó patente en una misión que el B-24 de Zamperini realizó sobre las islas Elice. Aquel día, su aparato (el «Super Man») quedó en una condición tan precaria tras recibir cientos de disparos de artillería antiáerea japonesa que su tripulación fue reasignada a otro (el «The Green Hornet», un avión famoso por sus múltiples problemas mecánicos). «Al final, el bombardero estaba plagado de más de 600 agujeros de bala, además en la misión más de media tripulación había acabado muerta o herida. Por suerte, a pesar de la situación, aterrizó de forma segura», añade le protagonista.

El terrible accidente que cambió una vida

Ese fue, precisamente, el avión que utilizó la tripulación en la que se incluía Zamperini para participar en la búsqueda de un B-25 aliado que había sido derribado cerca del atolón Palmira (ubicado en lo más remoto del Pacífico). Ese 27 de mayo de 1943 todo parecía normal para los hombres del «The Green Hornet». «Llegamos al área donde se creía que había caído el B-25. Comenzamos a rodear el área designada. La cobertura de nubes estaba ubicada a 1.000 pies, así que tuvimos que volar bajo, a 800, para ver si podíamos detectar un naufragio o una balsa», determina el atleta.

Todo cambió cuando, repentinamente, los motores del aeroplano comenzaron a fallar. Sin propulsión, el B-24 inició su caída y, en poco más de dos minutos, chocó fuertemente contra las aguas del Pacífico. El impacto fue de tal calibre que el avión llegó a hacer una media voltereta, a la que siguió una explosión. Mientras, en el interior, nuestro protagonista hacía lo posible por tratar de abrirse paso y lograr salir al exterior.

«Estaba atrapado bajo el trípode de la ametralladora. La balsa salvavidas estaba debajo de mí, en la cubierta de la nave, y yo estaba metido entre la balsa salvavidas y la parte superior del trípode. De repente, empezó a ponerse más oscuro. Sentí como mis oídos se destapaban... y luego sentí como si alguien me hubiera golpeado en la frente con un martillo. Entonces perdí la conciencia», añade Zamperini. Sin embargo, y «casi por arte de magia», como explica el protagonista, consiguió liberarse de sus ataduras, abrir su chaleco salvavidas y subir a la superficie.

En sus propias palabras, lo primero que sintió al salir del océano fueron náuseas por haber tragado en su ascenso agua salada, líquido hidráulico, sangre y gasolina. Tras respirar una bocanada de aire, el atleta miró a su alrededor y se percató que, entre los deshechos del B-24, dos de sus compañeros aún trataban desesperadamente de permanecer a flote. Aquellos suertudos eran Russell Phillips (el piloto) y Francis McNamara (el artillero de cola). Tres supervivientes en total de una dotación de once hombres. Había sido una masacre en toda regla.

A la deriva

Tras el impacto, Zamperini ayudó a sus compañeros a subirse a una balsa en la que, con algo de suerte, esperaba que les hallaran los equipos de salvamento. Sin embargo, ya fuera por la lejanía o lo remota de su posición (habían caído en un punto indeterminado del Pacífico) fueron pocos los aviones de rescate que llegaron hasta ellos. Con todo, y según afirma el atleta, sí pudieron distinguir a varios aeroplanos aliados que, probablemente, investigaban el suceso, pero éstos no vieron las bengalas que lanzaron desde la barca. Estaban solos y les esperaba una larga estancia en mitad del océano.

En los siguientes días, lo único que comieron fueron los pocos peces que pudieron pescar y los escasos albatros que lograron atrapar. Estos animales se sumaron a las seis barritas de chocolate y a las botellas de agua que habían logrado salvar del aeroplano.

Todo ello, acompañado de unos nuevos enemigos que les pondrían las cosas muy difíciles: los tiburones. «Estábamos rodeados por ellos, a veces uno de ellos se quedaba frente a la balsa, mirándonos, porque le habíamos dado con los remos en la nariz», explica el atleta. Durante los días en los que estuvieron perdidos en el mar, el norteamericano convenció a sus compañeros para cantar canciones y hacer todo tipo de juegos con el objetivo de mantenerse cuerdos y entretenerse.

Así hasta el día 27 después del accidente, momento en que recibieron una visita que les sorprendió? para mal. «A los 27 días vimos un avión. Miramos hacia arriba y vimos una mota. Rápidamente usamos dos bengalas y empezamos a hacer señas con espejos. Pero [?] cuando regresó nos disparó con fuego de ametralladora. Yo pensé: ?Esos idiotas piensan que somos japoneses?, pero luego vi el sol naciente en el fuselaje, resultó ser un bombardero japonés que nos disparó durante 45 minutos», añade Zamperini. Instantáneamente, el atleta se lanzó al agua prefiriendo arriesgarse a morir de una dentellada de tiburón que por un balazo nipón.

A pesar de que la mala puntería de los japoneses les permitió librarse de una muerte segura (pues, según parece, los nipones se cansaron de hacer tiro al naufrago y se retiraron), seis días después la tragedia volvió a cebarse con el grupo cuando falleció McNamara. En palabras de Zamperini, al ver que no tenía pulso se limitaron a dejarle tranquilamente en el mar y ?tras elogiarle brevemente- guardar silencio mientras el agua se llevaba su cadáver.

Prisioneros de los japoneses

El paso de los días y la tristeza por haber visto morir a un compañero casi llevó a los dos soldados a la desesperación. Sin embargo, el día 47 después del accidente apareció en la lejanía una playa. Parecía que la suerte les sonreía al fin pues, tras recorrer más de 3.000 kilómetros en su pequeña barca, arribaron a las islas Marshall. Estaban salvados.

La mala noticia fue que este territorio pertenecía a los japoneses, quienes, a pesar de que les dieron agua y comida, no tardaron en llevar a los dos americanos al campo de concentración de Kwajalein (una de las regiones cercanas).

Allí, nuestro protagonista fue confinado en una habitación minúscula de un edificio de detención donde recibió paliza tras paliza y tuvo que comer platos de arroz llenos de insectos. A su vez, en ese tiempo fue utilizado como conejillo de indias por un doctor nipón que se divertía probando en él multitud de sustancias extrañas. Sus experimentos, según afirma Zamperini, solo se detenían cuando el prisionero se desmayaba del mismo dolor.

Más de un mes después de ser detenidos, fueron trasladados al campo de concentración de Ofuna (en Japón), donde pasaron lo que restaba de Segunda Guerra Mundial. Allí fue donde Zamperini conoció a Mutsuhiro Watanabe (más conocido como «El pájaro») un sádico guardia que, cuando se enteró de su pasado como atleta internacional, le vejó y maltrató hasta la extenuación.

Entre las torturas más crueles, este japonés obligó a Zamperini a sujetar con los brazos extendidos por encima de su cabeza un gigantesco tronco durante más de 37 minutos. Todo ello, para darle al final un terrible puñetazo en el estómago y dejar que el madero cayera sobre la cabeza del reo.

Por suerte, cuando los japoneses se rindieron Zamperini volvió a los Estados Unidos. Con todo, le costó recuperar su existencia normal ya que, aunque se casó, sufrió de un severo estrés postraumático finalizada la contienda. A su vez, se dio al alcohol durante algunos años cuando vio que los maltratos que había recibido su cuerpo no le permitían prepararse para las siguientes olimpiadas. Finalmente, falleció el pasado 2 de julio de 2104 debido a una neumonía. Aunque eso sí, siempre pudo presumir de haber sido verdaderamente «invencible».

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